Madre Tierra

Madre tierra

Una mujer a la que no conocemos o bien, a la que conocemos pero con la que tenemos muy poca relación, para nosotros sólo será eso, una persona cualquiera, una (des)conocida, alguien que a lo sumo podremos más o menos ubicar en nuestra vida pero con la que no tendremos ningún vínculo de tipo afectivo.

Difícilmente sentiremos que esa persona lejana está en nuestro mundo o es nuestra amiga y mucho menos, por supuesto, nuestra madre. Para que eso suceda hacen falta dos cosas: a) proximidad con esa persona y además hace falta que b) esa persona, con su comportamiento y sentimientos, nos confirme que es mucho más que nuestra amiga, que es nuestra madre y, sólo eso, ya es mucho pedir.

Sobre la proximidad, la distancia y las acciones

Una madre nos quiere de forma casi incondicional, nos cuida, nos apoya, nos alimenta, nos sostiene, nos defiende, explica, comenta… Nos pare. ¿Qué no tendría que estar haciendo esa hipotética lejana mujer para que creamos que es nuestra madre? Tantas son las acciones y sentimientos que una madre tiene para con sus hijos.

No obstante, es curioso ver como alguien podría estar haciendo por nosotros todo lo anteriormente detallado pero si no mantenemos una distancia adecuada con esa persona no seríamos capaces de distinguir ni el origen –esa mujer–, ni el destino –nosotros– de esas atenciones. Aunque ella se comportase como una madre perfecta con nosotros, nunca sospecharíamos que, efectivamente, lo es. Esa persona lejana se comportaría como una madre, sentiría como una madre, incluso lograría que pese a la distancia nos llegasen sus atenciones pero estaríamos tan lejos de ella que ni siquiera nos daríamos cuenta.

Y es que, la distancia (o la proximidad) que tenemos con las personas es lo que nos determina la percepción que tenemos de ellas. Sus actos para con nosotros influyen, por supuesto, pero sin una distancia adecuada para ver y experimentar esas acciones o sentimientos, difícilmente conectaremos a esas personas y sus acciones con un determinado comportamiento o estado emocional en nosotros. En última instancia, difícilmente las tendremos en cuenta, y mucho menos las querremos.

Por poner un ejemplo, yo vivo en Barcelona (Spain), así que si ahora mismo alguien en Sidney (Australia) estuviese pensando que me quiere mucho, o que me odia mucho, o estuviese preparándome un magnífico manjar, o estuviese envolviendo un regalo para mi… Efectivamente de alguna manera ese amor me llegaría (eso nunca lo negaré) pero no serviría de casi nada… Si yo ni siquiera tuviese consciencia de que esa persona existe y en mi mano estuviese, por ejemplo, apretar un botón para hacer saltar por los aires el bloque de edificios en los que vive, lo haría sin vacilar. Tanta sería la distancia entre nuestros corazones que haría estallar su hogar y luego, tranquilamente, me sentaría en mi butaca a pensar que estoy ayudando al progreso haciendo estallar esas viviendas viejas en un suburbio de Sidney… Una persona habría muerto en Sidney y yo, en Barcelona, seguiría mi vida sin pestañear, sin sentir nada. En cambio, si hubiese conocido a esa persona, si la distancia fuese la adecuada como para distinguir el origen de las acciones y su destino, claramente me daría cuenta que apretando ese botón estaría perjudicando a mi mejor amigo/a, a mi socio/a, quizás a mi novia, a un familiar, incluso a mi madre, a esa persona que con sus acciones se comporta y siente como he descrito antes… Como una madre.

Con la Tierra, a todos nos sucede igual que con las personas, que la distancia que separa nuestros corazones es la que nos hace percibirlas de un modo u otro o incluso, ignorar su existencia completamente.

La distancia con la tierra

Y todo este largo razonamiento para qué, nos podríamos preguntar. Pues muy simple. Siguiendo la lógica que se esconde dentro de él, nos es fácil entender como los pueblos mal llamados primitivos, los que todavía viven en contacto con la Tierra, no dudan en considerarla su madre, la Madre Tierra y en cambio a nosotros, a nuestra tecnológica civilización occidental, ni siquiera nos importa hacerla saltar por los aires… Así de aislados estamos de ella. ¿Te has preguntado últimamente cual es la distancia que te separa de aquellos a los que quieres? Si has tardado más de dos segundos a contestar, mejor ya ni te plantees la siguiente pregunta ¿Y a la distancia que te separa de la Madre Tierra?

Es importante destacar que en ningún caso, estos pueblos dudan de las acciones de la Madre. La Tierra nos ama, nos cuida, nos alimenta, nos sostiene,… Pero en cambio nosotros no vemos nada de eso. Estamos tan alejados que difícilmente creeremos que la Tierra sea el origen de las acciones y nosotros sus destinatarios directos. Difícilmente conectaremos alguna acción o estado afectivo con esta Madre Tierra.

Si siempre has tomado la leche desde un recipiente tetrabrik difícilmente pensarás en la vaca. Si para ti, los tomates simplemente nacen en el congelador de supermercado y todos tienen idéntico tamaño, sabor y color, difícilmente pensarás en que primero debe ararse la tierra y plantar para que crezcan. Si la carne que consumes siempre te llega retroactilada en plástico en una bandejita de plástico blanco poco, o nada, vas a dar las gracias al animal que dio su vida para que ahora tú puedas comértelo…

La distancia que mantenemos con el entorno y la vida natural nos condiciona la percepción que tenemos del mundo y aunque las acciones del mundo, de la madre tierra, nos indiquen constantemente su amor por nosotros, actuamos contra ella, sin respeto y con total iniquidad cada vez que así lo deseamos. Y hacemos volar por los aires lo que nos apetece en Sidney porque en Barcelona, no tenemos ni idea (consciencia) de que allí, al otro lado del mundo, alguien nos quiere.

El concepto de Madre Tierra

El concepto de Madre Tierra por tanto, no es algo que sólo dependa de quien hace las acciones, de quien prodiga el afecto –la Tierra, en este caso–, sino que también depende de nuestra actitud (distancia) para con ella.

Al inicio del artículo, comentaba como todos los pueblos que todavía conviven junto/con la Tierra no tienen ningún género de duda al considerar a la Tierra, su Madre. Para todas estas culturas -desde El Ártico hasta Perú, desde Marruecos hasta Australia- la Tierra no es un simple territorio, una extensión, sino que a lo largo de miles de años de convivencia han comprobado como además ser un espacio -con vida propia- donde vivir, la Tierra también les ha proporcionado cobijo, atención, protección, alimento, consuelo, valor, energía, sabiduría, enseñanza (¿Qué no daría una madre por sus hijos?) de ahí que todos estos pueblos, más allá de entender a la Tierra como un ser vivo –este primer concepto ya es un todo reto para los pueblos que vivimos en la distancia– además, también la consideren de manera unánime su madre, esto es, la Madre Tierra.

Pero es que es normal que estos pueblos vean, entiendan y perciban de manera evidente que la Tierra es su Madre y que por tanto deben comportarse con respecto y amor hacia ella y en cambio nosotros podamos hacer aquello de “Sidney”…
Su experiencia del medio en que habitan así se lo ha demostrado. Viven a la distancia correcta del origen de las acciones y han tenido suficiente tiempo para sentir que son los destinatarios de las acciones.
Sobre el concepto de planeta Vivo
Además por otro lado, a lo largo de su historia, un sistema de vida cercano a la naturaleza, les ha permitido comprobar como la Tierra en su conjunto, aunque a otra escala, se comporta como un ser vivo. Sus funciones, ciclos, movimientos, su relación con otros seres vivos, etc. así se lo indican. La vida de estos pueblos, en simbiosis total con el entorno, les proporciona una visión clara del movimiento vital de la Tierra, efectivamente mucho más lento, pero no por ello exento de las pautas y parámetros aplicables para clasificar a cualquier forma de vida: organización, homeostasis, irritabilidad, metabolismos, desarrollo, reproducción, adaptación.
Todas las culturas y pueblos del mundo a lo largo de toda la historia –excepto la cultura occidental del último siglo– aceptan que la Tierra es un ser vivo y que además les cuida así que, más allá de verla como un simple e inerte conglomerado de materiales, aceptan que tiene vida propia y en consecuencia cuando se relacionan con ella lo hacen con el amor y respecto que se siente hacia la Madre.

Vista general de la Tierra desde el espacio exterior

La senda de la Madre Tierra

Este concepto es el que subyace en todo este trabajo, entender la Terapia del Espacio como una simple técnica es quedarse sólo con los títulos de crédito.

Practicar la Terapia del Espacio es colaborar (en comunión) con la Madre, con Gaia. La Tierra es la que mueve la energía, ella es la que decide, ella la que emana, ella la que proporciona, limpia, recicla, abre, transmuta así que intentando recoger esa escucha atenta y sabia que tenían los pueblos, la Terapia del Espacio se acerca a la armonización energética de los entornos de manera silenciosa. Escuchando. Observando que es lo que el entorno nos cuenta sobre su energía, sobre su historia, sobre lo que verdaderamente desea. En el fondo, si nos detenemos un momento a pensar, sintonizarse con la energía de la Madre (Tierra) es la manera más dulce de conocerse si mismo.

La Madre Tierra es nuestro principal sustento. Su energía es la base formal y alimenticia de todo lo que consideramos La Vida. Todas las formas de vida en la tierra, de una forma u otra, están en conexión con esta gran Madre que nos acoje y nos transporta graciosamente alrededor del (padre) Sol.

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Joan Miquel Viadé (FaceBook y Twitter)

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